Hildegarda de Bingen: en busca de la armonía
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Hildegarda de Bingen no solo era una estudiosa del lúpulo y sus propiedades, como escuchamos a menudo. Era una figura mucho más compleja, una personalidad que en la época medieval era increíblemente multifacética. 

Nacida en 1098 en Bermersheim vor der Höhe en Alemania, fue escritora, música, filósofa, lingüista, naturalista, asesora política, curandera y visionaria. De familia noble, última de diez hermanos, ingresó de joven en el convento donde estudió y profundizó muchos temas, convirtiéndose pronto en un punto de referencia para la comunidad y para la Iglesia Católica.

Una monja poco convencional e inconformista que en la última parte de su vida, después de haber fundado el monasterio de Eibingen que aún existe y se puede visitar, se dedicó también a actividades de difusión a través de algunos viajes a otras comunidades pastorales.

Durante su larga vida, Hildegarda desarrolló teorías basadas en la idea de la armonía entre el hombre y el universo como principio básico del bienestar psico-físico. En esta perspectiva también estudió la terapia con cristales y la fitoterapia y algunos de sus remedios naturales todavía se utilizan en la actualidad. Sus estudios la llevan a ser reconocida como autora de obras místicas y filosóficas, además de compositora de música sacra. 

A lo largo de los años tuvo también numerosas visiones, que fueron declaradas auténticas por la iglesia católica y tomadas en consideración para la canonización que tuvo lugar en 2012 por manos del Papa Benedicto XVI.

Pero, ¿qué vínculo hay entre las actividades de Hildegarda y el lúpulo? La respuesta está toda en el genio de la abadesa que, entre los muchos estudios, había investigado a fondo todo lo referente a la naturaleza que la rodeaba. El fruto de este análisis se concentra en la obra titulada «Escrito sobre ciencias naturales».

Los textos que componen la obra describen el mundo vegetal, mineral y animal, fotografiando por primera vez todo lo que existía en la naturaleza. Cada elemento es clasificado y estudiado, describiendo sus propiedades útiles para los humanos, para alimentarse y curarse. Entre estos elementos estaba una planta silvestre, presente en los bosques del valle del Reno donde vivía Hildegarda: el lúpulo. 

Los lúpulos se describen de la siguiente manera: “Los lúpulos son calientes y secos, contienen un poco de humedad y son de poca utilidad para los humanos, ya que aumentan su melancolía, causa tristeza en la mente y carga las entrañas. Sin embargo, gracias a su amargor, bloquea la putrefacción de determinadas bebidas a las que se añade, hasta el punto de que pueden conservarse mucho más tiempo ”.

Por tanto, está clara la característica que Hildegarda había encontrado en el lúpulo: era un conservante natural. Esta característica ha permitido que esta planta sea utilizada en la elaboración de cerveza como conservante, propiedad que aún resulta fundamental, independientemente de las características amargantes y aromatizantes.

Es interesante su uso en el siglo XVIII en las producciones cerveceras inglesas que debían llegar a las colonias de la India. Las cervezas recorrían rutas marítimas muy largas y no existía ninguna tecnología que permitiera almacenar la cerveza durante el viaje. El único método conocido en ese momento para proteger la cerveza era el uso de grandes cantidades de lúpulo. Esta elección da origen a uno de los estilos de cerveza más conocidos del mundo: el India Pale Ale.

Todo esto demuestra lo fundamentales que fueron los estudios de Hildegarda para el mundo de la cerveza y cómo una mujer brillante pudo determinar el futuro de una de las bebidas más antiguas del mundo. Cualquiera que ame la cerveza ¡sólo puede amar a Hildegarda de Bingen!

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Verónica Biondi

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